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La Internet de las Cosas es inevitable: es una de las tecnologías con mayor potencial disruptivo y de creación de riqueza de la historia reciente.
Reseado el 01/03/16 por prospectiva
Nota diario La Nación Ariel Torres
27 de febrero de 2016

Todavía es algo incipiente, pero de a poco estas cosas que durante siglos fueron objetos inertes están aprendiendo nuevos trucos. Si está lloviendo, ¿qué necesidad hay de encender los aspersores en el jardín? Más: si el pronóstico anticipa lluvias para mañana, el aspersor debería ser el primero en enterarse, porque entonces ni siquiera hace falta regar hoy. Tu heladera y tu alacena aprenderán tus hábitos para que nunca te falten esos ingredientes que usás a menudo. En los países donde el medidor de luz domiciliario es inteligente (no es el caso de la Argentina), los equipos que más consumen te sugerirán lavar ropa fuera de las horas de mayor consumo y poner el aire en 24. Un día, me imagino, lo pondrán en 24 te guste o no. A menos que aceptes ver algunos avisos de publicidad.
En 2011 Cisco predecía que en 2020 habrá 50.000 millones de objetos en la Internet de la Cosas. Gartner, en 2013, auguraba 26.000 millones. Otros hablaban de 30.000 millones. Parece mucho, pero es sólo una fracción de lo que se viene. Basta imaginar todos los objetos que existen en el mundo y que tienen el potencial para adquirir inteligencia.
Estoy persuadido de que todo esto será para bien. Pero antes de zambullirnos gozosamente en el océano del Big Data y la IoT deberíamos conocer los riesgos y prepararnos para mitigar su impacto. Diría que hay por lo menos tres.
Pero, para abreviar, no queremos, de momento, que la IoT haga cosas sin preguntar. Concederle esta autonomía debería ser un proceso lento, en entornos muy controlados y con regulaciones razonables y prudentes.
El segundo riesgo está relacionado con la burda y brutal inseguridad informática en la que vivimos inmersos. Dicho simple, un atacante podría aprovechar una falla de seguridad en una cosa inteligente y obligarla a hacer algo disparatado. Con un cepillo de dientes no hay demasiado de qué preocuparse. Muy diferente sería si se tratara de una tostadora de pan o una caldera.Hace poco, lograron tomar el control de un auto inteligente de forma remota y el conductor (un voluntario, redactor de la revista Wired) terminó asustado y en la banquina. Por este motivo, el fabricante, Fiat Chrysler, debió retirar del mercado 1,4 millón de vehículos de sus marcas para revisar su software. Podrán acusarme de sembrar la paranoia, pero estoy bastante seguro de que el directorio de Fiat Chrysler me daría la razón.
El tercer riesgo lesiona el corazón mismo de la privacidad.
Estos antecedentes son pueriles si se piensa que los objetos inteligentes y conectados no sólo podrán oír lo que decimos, sino que también sabrán si hay personas en la casa. Serán capaces de ver lo que hacemos y, por añadidura, tendrán la capacidad -ya la tienen- de crear patrones de comportamiento. Es un asunto serio que todavía no tiene solución. Si queremos hablarles a nuestros objetos, entonces deben ser capaces de oír. Si queremos que el sensor de humo o el de presencia nos avisen por Internet de que algo pasa en la casa, entonces deben detectar movimiento, calor y si estamos haciendo un bife a la plancha
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